Hacer el bien podría comprenderse como una frase anacrónica, de otro tiempo. Mucho más desfasada resultaría aun la ausencia de bien de la que reflexiona la metafísica, que no es otra cosa que el mal, que existe pero como ente dependiente, del bien.
Con ese par de conceptos claros, basta con mirar alrededor para discernir dónde se practica el bien y dónde no, ya sea por decisión o por ignorancia.
Y en las cofradías hay mucho de eso, de lo del infierno está lleno de buenas intenciones. O, directamente, de opciones por el camino fácil.
En el complicado encontramos ejemplos que hacen mantener la esperanza. Son esos de trabajo callado, constante, sin estridencias, sin una búsqueda de protagonismo desmedida, sin un afán de manipulación por la trastienda de las ideas, que no son otra cosa que una deformación de la realidad.
Con esa dicotomía (que no es la falacia lógica llevada a dos opciones excluyentes), hay cofradías y personas que orbitan alrededor que optan por el camino difícil y otras -con sus personas que orbitan- que se decantan por el oportunismo y la manipulación tan propia de nuestro tiempo.
Podríamos poner nombres propios al asunto, pero señalar con el dedo sería aquello de acusar a los demás de lo que uno es, ya sea una persona, una cofradía, o una prohermandad. O dos, porque en el opuesto de cada situación está la entidad dependiente, sin categoría propia, sino relacionada -como decíamos- con la privación del ente.