Labores de montaje de la carrera oficial. Foto: Diócesis de Córdoba
Labores de montaje de la carrera oficial. Foto: Diócesis de Córdoba
Cuando hace unas semanas la hermandad de la Soledad daba a conocer su propuesta de reestructuración de la carrera oficial, no fueron pocas las voces que se congratularon de que, al fin, se abría el melón.
No les faltaba razón al expresarlo, pero la cuestión estribaba en que -sin un catador de por medio- el melón podría estar dulce o saber a pepino. Y en la asamblea que se celebraba hace unos días en la Agrupación, el melón de la carrera oficial les supo amargo a diecisiete cofradías, solo una más que a las que le supo dulce.
Llamaron la atención numerosos aspectos y, tal vez, el que más que se solicitara permiso a la asamblea para comenzar a estudiar el proyecto. Puestos a ser burocráticos, al menos en este caso, en Isaac Peral fueron más farragosos que cualquier portal electrónico de la Administración del Estado, de la Junta o del Ayuntamiento de turno.
La sensación que queda es que no se quería, que se prefiere seguir dando vueltas al actual modelo (menos trabajo y más palcos) y complicarse lo justo y necesario.
No deja de ser cierto que antes de reestructurar la carrera oficial parece conveniente intentar solventar las trabas de la actual. Pero no es menos cierto que en una década los avances han sido prácticamente invisibles, mientras el consenso (aunque sea de barra de bar) es que hay que pensar en soluciones.
Y La Soledad las ha planteado, pero el melón que ha abierto no le ha gustado a quienes tenía que hacerlo, desde los diecisiete hermanos mayores hasta la Agrupación, o eso parece.