JASB
En el ecosistema urbano de la Semana Santa, donde los tambores marcan el pulso y el incienso nubla el juicio, ha surgido una nueva especie digna de estudio: el cangrejero. No se trata de un simple devoto, sino de un atleta del caos, un estratega del retroceso, un profesional del tapón humano. Su hábitat natural: la primera fila. Su lema: “Ni un paso atrás… salvo todos”.
El cangrejero no camina, recula. Su desplazamiento es una coreografía invertida, una danza hacia el pasado que haría llorar de emoción a cualquier crustáceo. Mientras el paso avanza con solemnidad, él retrocede con fervor, convencido de que su misión divina consiste en mantener una distancia de seguridad de exactamente cero centímetros con la canastilla.
Su mirada, fija y vidriosa, recuerda a la de quien ha visto la luz… o a quien ha recibido un codazo en el plexo solar. Es una expresión de trance místico que le impide detectar obstáculos tan mundanos como carritos de bebé, farolas o el pie del vecino.
Y, por supuesto, su talento más notable: la capacidad de entorpecimiento. El cangrejero no se limita a obstaculizar; eleva el atasco a arte sacro. Su presencia convierte cualquier calle en un embudo teológico donde la fe y la física colisionan sin remedio.
Ser cangrejero no es tarea para principiantes. Requiere una preparación física y mental digna de un deportista olímpico. Entre sus pruebas más exigentes destacan:
Carrera de obstáculos con incienso: esquivar ciriales, niños y carritos mientras se retrocede sin perder la compostura.
Levantamiento de codo: disciplina en la que el cangrejero demuestra su dominio del espacio personal ajeno.
Resistencia al aplastamiento: mantenerse erguido entre la multitud sin perder la verticalidad mística.
Maratón de improperios: capacidad para recitar letanías de quejas cuando una gota de cera profana su americana.
Cada chicotá es una prueba de supervivencia. Cada esquina, un campo de batalla donde la devoción se mide en empujones y la fe en litros de sudor.
El cangrejero no busca ver al Señor: busca ser visto viéndolo. Su presencia impone una dictadura visual sobre el resto de los mortales, que deben conformarse con contemplar la nuca de su fervor. La solemnidad del cortejo se disuelve entre codazos, pisotones y súplicas por un centímetro de oxígeno.
Los acólitos, pobres víctimas de este deporte sacro, avanzan entre empellones y miradas asesinas. La frontera entre la devoción y la agresión se difumina, y lo que debería ser un acto de fe se convierte en una coreografía de la mala educación.
El cangrejero es, en el fondo, un romántico del caos. Cree que su sacrificio —retroceder sin descanso, sufrir codazos, inhalar incienso hasta la asfixia— lo acerca a lo divino. Pero su penitencia no tiene redención posible: por cada paso atrás que da, la humanidad retrocede con él.
Así, entre empujones y plegarias, el cangrejero sigue su camino inverso, convencido de que la salvación se encuentra justo delante del paso… aunque para alcanzarla tenga que retroceder hasta el año 1950.