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En un panorama cofrade donde las relaciones entre hermandades y formaciones musicales suelen ser tan efímeras como el humo del incienso, la Hermandad de los Dolores ha decidido jugar a largo plazo. El acuerdo alcanzado con la Banda de Música María Santísima de la Esperanza para acompañar a la "Señora de Córdoba" hasta el año 2030 es, por definición, un acto contracultural. Mientras otras juntas de gobierno se dejan seducir por la inmediatez, la corporación de San Jacinto apuesta por la solidez de un proyecto local que sustituye a la Banda de Dos Torres tras su paso por el Viernes Santo y el Vía Crucis Magno.
Este contrato de cuatro años no es solo un papel firmado; es un pacto por la excelencia técnica.
La Esperanza no es solo una formación que "toca bien"; es una institución que, desde su propia escuela de música, trabaja la afinación y el matiz con una pulcritud que las bandas de "consumo masivo" suelen ignorar. Para la Hermandad de los Dolores, este binomio representa el retorno a una estabilidad que permite madurar un sello musical propio.
"La Junta de Gobierno confía plenamente en que esta relación será fructífera tanto en el plano musical como en el institucional."
La Banda de la Esperanza lidera este movimiento, alejándose de las influencias externas para rescatar el ADN local. Lo que comenzó en 2001 con apenas quince componentes ensayando en precario es hoy un referente andaluz que prioriza la recuperación de marchas históricas de autores cordobeses. Esta labor de investigación es la mejor armadura frente a la pérdida de idiosincrasia. La apuesta por la formación y la conservación del patrimonio es lo que separa a una banda de paso de una verdadera institución cultural.
Sin embargo, la crónica musical de este año también tiene su reverso sombrío. La ruptura de la Banda de la Salud con la Hermandad de la Paz y de Caído y Fuensanta con la Misericordia ha dejado al descubierto las costuras de un sector cada vez más presionado por las redes sociales.
En el caso de la Paz, el adiós no solo ha sido doloroso por el fin del contrato, sino por las formas. Resulta indignante para cualquier cofrade observar cómo se han utilizado audios filtrados de 2023 para justificar decisiones de 2026, o la bajeza de difundir montajes realizados con inteligencia artificial donde se muestra el banderín de la formación en un cubo de basura. No se puede naturalizar el escarnio hacia colectivos humanos que se dejan el alma en cada ensayo. La búsqueda de un cambio de estilo hacia la Agrupación Musical como Lágrimas de San Fernando no debería implicar jamás la pérdida de la elegancia institucional.
"No se puede naturalizar... cómo se ha ridiculizado a la banda... son 180 personas que se matan todo el año por demostrar lo que demuestran", se escuchaba con amargura en el programa Sentir Cofrade de PTV Córdoba, poniendo voz a una herida que todavía supura.
La música necesita reposo y madurez; lo que nace para ser un "hit" efímero en redes sociales rara vez sobrevive al juicio de la historia. Por ello, el público cordobés está volviendo la mirada hacia la sobriedad imperturbable de Pedro Braña o Gámez Laserna, refugiándose en lo clásico ante una inmediatez que devora sus propias creaciones.
Como bien apunta el compositor Alejandro Blanco, un "boom" mediático puede ser la sentencia de muerte para una obra. Marchas como "Eternidad" o "Mi Amargura" han sufrido un uso tan abusivo que han terminado por quemar su esencia antes de tiempo.
Pero obviando lo negativo y volviendo a lo más importante, la vinculación entre la Hermandad de los Dolores y la Banda de la Esperanza que inaugura una etapa de madurez en la Semana Santa cordobesa. No estamos ante un simple acuerdo de acompañamiento, sino ante la consolidación de un modelo donde la devoción más insigne de la ciudad se rinde a una formación que ha hecho del rescate histórico su bandera. Que la “Señora de Córdoba” camine al son de marchas recuperadas del olvido es un acto de justicia poética y musical.