Hay procesiones imprescindibles, no solo por su puesta en escena en la calle (que también), sino porque son parte del sustrato religioso de una ciudad, de una región o de un país. Y todo eso lo implica la del Sagrado Corazón.
El mismo que vigila y protege a la ciudad desde Las Ermitas y que se torna en procesión en San Hipólito, tal y como hizo en la tarde de este domingo, donde las calles del centro de Córdoba se convirtieron en el escenario de la fe que define a un pueblo.
Por la la plaza de San Ignacio, la del Escudo, y la de Aladreros para alcanzar la calle Concepción. Desde Duque de Fernán Núñez, pasando por la plaza Ramón y Cajal, San Felipe, Gran Capitán, y Alonso de Aguilar hasta llegar de nuevo a la plaza de San Ignacio, donde tuvo lugar el acto eucarístico y la posterior entrada a San Hipólito; las estampas y lo vivido dejaron de manifiesto que esa consagración de la ciudad al Sagrado Corazón no conoce, afortunadamente, fecha de caducidad.
Como tampoco la conoce el buen hacer de Lorenzo de Juan al frente de los pasos y la maestría con que siempre suena la banda de La Esperanza de Córdoba, que puso el punto de brillo en cada acorde, en cada nota que se elevó al cielo como la oración perpetua de la ciudad entregada al Sagrado Corazón: el que vigila y protege desde Las Ermitas, el que se hace procesión en San Hipólito.