Hay cosas en la vida que simplemente no deben mezclarse: el agua y el aceite, el incienso y el viento de levante, y, por supuesto, ser hermano mayor de una cofradía y tener un cargo en la agrupación de cofradías. Porque, seamos sinceros, eso es como intentar dirigir una procesión mientras se toca el tambor… con los pies.
Cuando se renovaron los estatutos de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de Córdoba pensaba que uno de los cambios propuestos se había llevado a efecto, busqué y busqué como premio en tapa de yogur, pero nada, no aparecía ninguna alusión a la incompatibilidad de cargo en la Agrupación con el de Hermano Mayor de una hermandad.
Ser Hermano Mayor ya es, de por sí, un trabajo a tiempo completo. Entre organizar cultos, cuadrar presupuestos, lidiar con el capataz y calmar al grupo joven, apenas queda tiempo para respirar. Pero si a eso se le suma un puesto en la Agrupación, la cosa se complica. Es como intentar dirigir una procesión mientras se toca el tambor vestido de costalero.
El resultado: reuniones que se solapan, decisiones que se contradicen y un sinfín de mensajes de WhatsApp con el temido “¿esto lo dices como Hermano Mayor o como miembro de la Agrupación?”.
El gran problema de tener doble cargo es que, inevitablemente, llega el momento en que hay que debatir un tema que afecta directamente a tu cofradía. Y ahí empieza el espectáculo. En la mesa de la Agrupación, defiendes la unidad y el bien común. En la casa de hermandad, te transformas en defensor acérrimo de los intereses propios. En resumen: una versión cofrade del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Además, ¿cómo se mantiene la neutralidad? Es imposible. Es como ser árbitro y delantero en el mismo partido. Si la cofradía de enfrente pide más tiempo de paso, el hermano mayor-agrupado siente un temblor en el alma: “¿Y si eso retrasa mi salida?”. Y ahí empieza el drama, el conflicto interior, la guerra santa de los cronómetros. Y no hablemos de las reuniones. En la cofradía, todos le piden que “defienda lo nuestro en la agrupación”. En la agrupación, todos le piden que “sea imparcial”. Resultado: acaba defendiendo lo suyo con imparcialidad, lo que en lenguaje cofrade significa que nadie queda contento.
Imaginemos la escena: el hermano mayor llega a la reunión de la agrupación con su carpeta llena de papeles, su medalla reluciente y una sonrisa diplomática. En la primera hora, defiende con pasión que su cofradía necesita salir media hora antes “por motivos históricos”. En la segunda hora, ya con la gorra de la agrupación puesta, explica con solemnidad que “todas las cofradías deben respetar los horarios establecidos”. Y ahí está, discutiendo consigo mismo, o no.
Quizás la solución sea sencilla: una ley cofrade no escrita que prohíba acumular cargos. Algo así como “no se puede servir a dos mantos”. Así, cada Hermano Mayor podría centrarse en su cofradía, y la Agrupación tendría miembros con la mente despejada y el móvil con menos notificaciones. O, al menos, se evitaría que alguien tenga que discutir consigo mismo en dos asambleas distintas el mismo jueves por la noche.
Ser cofrade es un honor, un compromiso y, a veces, una comedia divina. Pero incluso los más devotos necesitan límites. Porque si algo enseña la experiencia es que no se puede estar en dos procesiones al mismo tiempo, por mucho que uno lo intente con fe, devoción y una buena voluntad, o no.
JASB