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Es una mañana de jueves en Córdoba y el sol de justicia comienza a restallar contra el mármol de la Mezquita-Catedral. En la calle Torrijos, el ritmo frenético de un día laborable —el trasiego de maletines, el rumor de las oficinas y el comercio abierto— choca frontalmente con la atmósfera de un tiempo detenido. De pronto, la Custodia de Arfe, ese eje gravitacional de nuestra fe labrado en plata, cruza el dintel de la Puerta del Perdón. Es el "jueves de Corpus", una jornada donde la liturgia urbana se impone al asfalto.
Durante décadas, se instaló la idea de que esta festividad había languidecido en la ciudad de San Rafael, quedando desdibujada ante la fastuosidad de Sevilla o Granada. Sin embargo, quienes conocemos las piedras de esta capital sabemos que asistimos a un renacer vibrante. Lo que para algunos era una tradición en declive, es hoy una geografía de la fe que se expande, demostrando que el murmullo de la plata y el aroma al azahar tardío siguen siendo el latido indómito de la Córdoba cofrade.
Para comprender el vigor actual, debemos remontarnos a las sombras del siglo XVIII. El racionalismo ilustrado, con su afán de "ordenar" la piedad, vio en los excesos del Barroco un enemigo a batir. Los datos que arrojan los informes de 1771 (bajo el mandato del Conde de Aranda) y 1796 son demoledores: el número de cofradías en Córdoba sufrió un descenso del 17,5%, reduciéndose de 120 a tan solo 99 corporaciones.
En este escenario de asfixia, las Hermandades Sacramentales se revelaron como las más resilientes. No fue casualidad; mientras las cofradías asistenciales llevaban una "vida lánguida" por la falta de recursos, las Sacramentales gozaban del auspicio directo de la jerarquía eclesiástica, que prefería un culto eucarístico "ordenado" frente al "desorden" de la fe popular. Eran el refugio de la élite clerical, presididas a menudo por figuras de peso como el sacerdote don Simón Fernández en la Catedral o el rector don Antonio José Muñoz de la Fuente en San Lorenzo. Se libraba entonces una batalla silenciosa entre la sobriedad impuesta por la corona y el sentimiento de un pueblo que se negaba a abandonar su identidad estética.
"La censura de los titulares de la silla de Osio a tales vivencias colectivas será una constante a lo largo del setecientos, mostrándose con mayor intensidad a partir de los años cuarenta."
Sin embargo, históricamente, el Corpus cordobés ha sido el espejo de sus oficios. En el siglo XVIII, la relación entre los gremios y las cofradías no solo era espiritual, sino el motor de la asistencia social en la ciudad. El caso de la Hermandad de la Caridad es paradigmático: vinculada a la aristocracia y a los "cristianos viejos", sus saneados ingresos se empleaban directamente en la "curación de enfermos de calenturas y heridos", dejando en segundo plano las celebraciones externas para priorizar la labor hospitalaria.
La historia nos deja una lista de asociaciones que definieron la fisonomía de nuestras hermandades:
Plateros: Agrupados como "gente colegiada" bajo la advocación de San Eloy, vinculados al convento de San Pedro el Real.
Tejedores de seda: Integrantes fundamentales de la cofradía de Nuestra Señora de los Desamparados, que sostenía el Hospital de los Desamparados (o de los Tejedores), donde se curaban "enfermos de calenturas".
Panaderos: Sostenían con sus recursos la cofradía de Jesús de la Sangre desde el convento de San Francisco de Paula.
Hortelanos: Vinculados históricamente a la cofradía de Pasión, procesionando sólo cuando los fondos de sus miembros lo permitían.
Este año, la celebración de la Octava del Corpus alcanza una fase de alta intensidad litúrgica y pública, marcada por una agenda exhaustiva de actos que se desarrollan entre el jueves 11 y el domingo 14. Este periodo se caracteriza por una significativa diversidad de manifestaciones religiosas, que incluyen procesiones multitudinarias por las vías públicas, traslados claustrales dentro de los templos y solemnes triduos eucarísticos.
La organización de estos eventos involucra a múltiples parroquias, hermandades y grupos parroquiales, quienes cuentan con el respaldo de diversas formaciones musicales (capillas, agrupaciones, y bandas de cornetas y tambores). El despliegue de fe pública se concentra especialmente el sábado y el domingo, abarcando diferentes barrios y sectores de la ciudad con itinerarios detallados y actos eucarísticos específicos.
Para ver los horarios y recorridos visita la entrada Los recorridos de las procesiones del Corpus esta semana.
No obstante, hay quien aún reclama una "vuelta de tuerca" para engrandecer la procesión oficial, pero la realidad nos muestra una ciudad que ya ha encontrado su camino. Ante una sociedad que camina hacia lo secular, cabe preguntarse: ¿Es esta algarada de fieles, que mezcla la plata antigua de Arfe con el fervor renovado de la periferia, el último refugio de nuestra esencia colectiva? Quizás, en ese contraste entre el silencio de San Lorenzo y el bullicio de Cañero, Córdoba esté escribiendo el capítulo más auténtico de su historia sagrada.