Cuando las puertas de los templos se abren cada primavera y el olor a incienso y azahar inunda las calles, las miradas del público suelen buscar instintivamente las imponentes imágenes que se mecen sobre los pasos. Sin embargo, antes de que el Cristo o la Virgen viren una esquina, hay un elemento humano, constante y silencioso, que vertebra toda la procesión: el nazareno.
Lejos de ser meros figurantes o un fondo decorativo, los nazarenos constituyen el verdadero motor espiritual, humano y tradicional de la Semana Santa. Su presencia es la que dota de sentido a la estación de penitencia.
El capirote, otrora castigo señalador, es el elemento icónico que consigue el anonimato. Al cubrirse el rostro, el nazareno se despoja de su identidad civil, de su estatus social y de su orgullo. Bajo la túnica no hay ricos ni pobres, ni médicos ni obreros; sólo hay hermanos iguales ante su devoción.
El antifaz permite al penitente rezar, llorar o reflexionar en estricta intimidad, convirtiendo la calle en un espacio de oración personal a la vista de todos, pero sin buscar el reconocimiento público. Así pues, el capirote se convierte en el cómplice perfecto para una penitencia íntima
Los nazarenos son los verdaderos encargados de guiar e iluminar el camino de los pasos a través de las calles de cada ciudad, asumiendo roles cruciales dentro del cortejo con un orden, casi marcial, cuidado con primor.
Entre penitentes, los diputados de tramo no sólo velan porque los tramos de cera sean una ordenada fila de cirios de fe que ilumina a la comunidad en la oscuridad, sino que también, con su abnegada entrega, consiguen que cada hermandad mantenga su ritmo y eleve su dignidad.
"El nazareno no camina para ser visto, sino para ver a través de los dos pequeños ojos de su antifaz el reflejo de una fe compartida con su pueblo."
La Semana Santa no sobreviviría sin la transmisión de tradiciones de padres a hijos, y es en la figura del nazareno donde este fenómeno se hace más evidente. Es habitual ver en los cortejos a niños de muy corta edad vistiendo túnicas que antes usaron sus padres o abuelos. Este acto de vestir el hábito por primera vez es un rito de iniciación familiar y comunitaria. Los nazarenos representan el patrimonio vivo de las hermandades; pagan las cuotas anuales, limpian la plata durante el año y, llegado el día, sostienen la infraestructura humana necesaria para que la fe salga a la calle.
Sin nazarenos de la Semana Santa reduciría las procesiones a un mero desfile civil de obras de arte. Son ellos quienes, con su paso rítmico, el crujir de sus espartos, el goteo de la cera y su sobrecogedor silencio, transforman la ciudad en un templo abierto.
El nazareno es la personificación de la memoria de un pueblo, el hilo conductor que une el pasado con el presente y, por encima de todo, el testimonio vivo de que la Semana Santa pertenece, antes que a nadie, a su gente.
J.A. Soler